México.- El 31 de julio de 1926, hace exactamente cien años, las iglesias de México se llenaron como no se habían llenado nunca. No era domingo ni fiesta de guardar. Era el último día. Ese 31 entraba en vigor la reforma al Código Penal que se publicó en el Diario Oficial el 2 de julio de aquel año y que todo el mundo terminó llamando la Ley Calles. La norma volvía delito buena parte de la vida religiosa pública, prohibía la enseñanza de la religión, ordenaba la expulsión de los sacerdotes extranjeros, que fueron ciento ochenta y cinco, y fijaba un cupo de un sacerdote por cada seis mil habitantes, como si la fe se administrara igual que las plazas de correos. El episcopado respondió suspendiendo el culto público a partir del primero de agosto. Y aquel último día la gente hizo fila de madrugada para bautizar hijos, casarse a las prisas y confesarse por si acaso.
Al día siguiente llegó el silencio, y del silencio salió algo que Calles no calculó. En Jalisco, Michoacán, Guanajuato, Zacatecas y Colima, campesinos que jamás habían disparado un arma se organizaron solos, sin bendición episcopal y en muchos casos contra la voluntad expresa de sus obispos, que preferían negociar. La Liga Nacional para la Defensa de las Libertades Religiosas convocó un boicot: no pagar impuestos, no consumir productos del Estado. Los levantados salieron al monte gritando dos palabras que le dieron nombre a todo, Viva Cristo Rey. Del otro lado, el ejército federal recibió órdenes que muchos soldados no entendieron y ejecutó a gente que no entendía por qué la ejecutaban. Fue una guerra rural, sucia, mal contada, y duró tres años. Las cifras de muertos que se manejan van de decenas de miles a doscientos cincuenta mil, y ninguna de esas cifras es cómoda para nadie.
Los templos reabrieron el 29 de junio de 1929. No hubo reforma constitucional, no hubo justicia, no hubo reconciliación. Hubo unos arreglos negociados entre élites, con el embajador estadounidense de intermediario, y después la promesa de aplicar la ley con moderación. Muchos cristeros que entregaron las armas fueron asesinados en los meses siguientes. Yo, que goberné treinta años haciendo exactamente lo contrario, dejando que los curas dieran misa mientras la ley decía que no, aprendí una cosa que a Calles le costó una guerra averiguar: en México la ley se cumple mejor cuando se cumple a medias. Cien años después, en Los Altos de Jalisco, las campanas siguen tocando a la misma hora que tocaban entonces.